¿Sabías qué? Raclette quiere decir “rascado” y se utiliza para nombrar a todos aquellos quesos que se funden para preparar uno de los platos suizos más tradicionales.

En el siglo XVI el queso del Valais se dejaba derretir sobre el fuego de madera y se rascaba (en francés, racler) el queso que se fundía.
Desde 1874, el queso del cantón de Valais se conoce con el nombre de raclette, aunque hoy en día su producción se ha extendido a toda Suiza.
Este queso se elabora desde hace varios siglos, se encontraron textos en los monasterios de Obwalden y Nidwalden en los que se cuenta que ya en 1291 Guillermo Tell consumió queso “Bratchäs” (como se denominaba al raclette)
Cuentan también que en el año 1909 un poeta suizo de la época nombró raclette a esta variedad de queso que ya se consumía antigüamente, como una tradición familiar, los granjeros suizos lo preparaban en reuniones y lo dejaban derretir en las chimeneas, probablemente debido a las bajas temperaturas de la zona en la que vivían.
La leche cruda de vaca que se utiliza para elaborar la raclette (50% de materia grasa en extracto seco), no puede estar más de 18 horas sin procesar desde el comienzo del ordeño.
La cuajada se prensa previamente y se deja en rueda de maderas o moldes de prestado al menos 6 horas. A continuación se sumerge en un baño de sal o se sala a mano.
Su corteza untuosa se logra mediante cultivos naturales.


Características del queso raclette
Para todos los amantes del queso, y en especial de todos aquellos quesos que pueden fundirse, es imprescindible probar el queso raclette. Y es que este queso, junto con la fondue, es de los más conocidos y utilizados si queremos pasar una cena divertida con amigos.
Su elaboración se caracteriza por hacerla en forma de ruedas. Con una corteza beige y marrón, mientras que el interior es un poco más claro, tirando al amarillo y al marfil oscuro.

A la hora de madurar los quesos raclette, se necesitan entre tres y seis meses, se trata de un queso redondo de unos 30 cm de diámetro cuyo peso oscila entre los 4,8 y los 5,2 kg. De corteza natural de color entre anaranjado y marrón ligeramente húmeda y untuosa. Pasta fina y homogénea, con pocos agujeros, los cuales son del tamaño de un guisante.
Los quesos raclette tienen una textura muy suave, y que puede fundirse en la boca, aunque no se hayan calentado previamente. Su aroma nos trae notas de establo, de fruta y de vino, por lo que su sabor también tiene un punto ácido.

Gracias a sus condiciones, este queso es ideal para preparar raclettes pero también para platos gratinados. En el Valais se corta por la mitad y la parte cortada se coloca contra la fuente de calor. La capa de queso fundido se raspa entonces con un cuchillo sobre el plato caliente. Así que si quisiéramos seguir el método tradicional a la hora de consumir la raclette, deberíamos cortar el queso por la mitad y extender esa parte y cortada en el fuego para disfrutar del queso fundido sobre cualquier alimento.
Tenemos la suerte de contar con aparatos para preparar la raclette, existen diferentes modelos de raclette eléctricas, perfectas para cenas informales con familia o tus amigos.

Estos aparatos tienen varias bandejas individuales en su parte inferior en la que colocaremos el queso para fundirlo con el calor. Encima de ellas, encontramos una plancha metálica en la que poder calentar todos los alimentos a los que luego añadiremos el queso fundido.
La manera más común de servir un queso raclette es bien caliente y acompañarlo de un poco de jamón serrano y patata cocida.
Os dejamos la receta tradicional de raclette. Porque en los días fríos un buen queso calienta el espíritu.
Bratchas denominaban los habitantes de los cantones alpinos durante la Edad Media al queso que se derretía sobre el fuego y después se rascaba con un cuchillo. Para una raclette clásica se calcula para cada adulto unos 200 gr de queso raclette y 250gr de patatas (sin pelar y cocidas al punto), jamón de pato, una pizca de pimienta y una pizca de sal. Et voilá! A disfrutar!